Crónica de una tortura anunciada


Tenía cuatro años sin ir al dentista porque me parece una experiencia fea, desagradable, horrorosa, invasiva y traumática. Por eso es que le huyo y lo evito hasta que aparece algún dolor raro o te das cuentas que eres una mujer hecha y derecha y tienes cuatro años sin ir – todo es culpa de mi mamá que me enseñó a ser un adulto medio responsable. Lo último me pasó hace un par de semanas, así que pedí la cita. Han pasado seis días y todavía me siento mal al respecto. Bear with me ok?

El arma blanca que usan en tus dientes, muelas y encías para quitarte la famosa placa y hacerte la tortura – perdón, la limpieza – es la versión moderna de las torturas de los siglos pasados. Por si eso no fuese suficiente, tienes que mantener la boca abierta, con cuatro manos y muchos artefactos agrediendo tu boca.

Pero la gota que derrama el vaso es cuando el verdugo te dice “tienes una pequeña caries, esa la quitamos rapidito”. Esa declaración es suficiente para hacerte temblar, quejarme y querer llorar como cuando eras chiquita y entrabas al consultorio de la pediatra maluca esa que te ponía las vacunas. Inmediatamente piensas anestesia, aguja horrenda en una inyectadora tamaño vacuna para caballo y helada, y lo peor EL TALADRO. ¿Alguna vez han visto un instrumento tan arcaico como ese, con un ruido tan agudo y acosante?

Una vez que te das cuenta que estás atrapada y no te puedes ir corriendo sin que nadie se de cuenta (pensé imitar a mi hermano aquella vez en que mi papá lo llevó al médico porque se sentía muy mal y le diagnosticaron dengue y cuando le dijeron que tenían que hospitalizarlo el chamo dijo que iba al baño, pero omitió decirle a todos que se iba al baño pero de su casa y dejó a todo el mundo esperando!), tratas de convencerte y aplicar todas las técnicas de control del miedo y del dolor y te repites el mantra “no duele, no duele, no duele”. Pero todo ese intento de auto-ayuda barata se desmorona cuando el verdugo prende el arma esa y la introduce en tu pobre boquita y decide destruirte una parte de tu diente para quitar la “caries pequeñita”. Empiezas a sentir mini restos de muela por tu boca, un montón de agua, una mecha metálica en tu pobre muelita, un sonido que aturde y una sensación corporal de que esa mecha te está taladrando el sistema nervioso simpático y parasimpático en su totalidad. De pronto el verdugo apaga la cosa esa y te dices YESSSS terminó! ehhh NOT. Y el ciclo de tortura se repite unas cuantas veces hasta que el verdugo se da cuenta que ya estás a punto de agarrar el instrumento de tortura y clavárselo en el medio de los ojos y dice “ya estamos listos” (cosa que no es muy cierta porque ahora viene la resina, la pistolita esa que la seca, la pulida y otros conceptos que no puedo recordar, lo que pasa es que al lado de lo otro te parece que te están haciendo cariños).

Así que te dan permiso de enjuagarte la boca, que te duele de una forma imposible de describir y está llena de cualquier vaina! Te paras tratando de disimular el dolor y te toca además pagar BSF864 por la tortura!

El chiste del día es cuando el verdugo le dice a la asistente: “anótala para que venga en cuatro meses”. Tu, de lo más hipócrita, haces la cita, te despides y le dices que regresas en cuatro meses…yeahhhh right….

4 thoughts on “Crónica de una tortura anunciada

  1. Me hiciste recordar algo que hice y lo tenía bloqueado: tenía como 15 años, ya no era una niña, estaba en el odontólogo y cuando escuche el taladro me quite el babero y le dije a la doctora que un momentito que le tenía que decir algo a mi mamá que estaba afuera, salí, me monté en el carro y le dije a mi mamá: arranca. Mi mamá ilusa me dijo: hija que rápido! Y le dije: rápido nada, me salí no voy a entrar otra vez. Mi mamá dio como 8 vueltas diciéndome que que pena que había que pagar la consulta que porque hice eso que me bajara a pedir disculpa y a pagar. Por supuesto no volví a entrar a esa tortura; entró mi mamá con una pena terrible pago y le dijo a la doctora: mi hija es una gafa y no va a venir más. Total que ella pasó la pena del siglo y yo me dí cuenta que podía tomar mis propias decisiones jajajajajajajajaja!

      • De verdad Ira no recuero jajajaja! Me imagino que cuando ya no aguante el dolor no me quedo de otra. Pero eso sí, no volví a la misma doctora: qué pena!

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s