Este es mi blog y escribo lo que me venga en gana (warning: post crudo)

Casi siete meses y aunque ya no lloro a cada rato y no te tengo en mi cabeza las 24 horas del día, hay momentos como el de hace un rato.

Lista para cruzar la calle veo una viejita a quien su hija la llevaba agarradísima por el brazo no fuese a ser que la viejita cruzara cuando no le tocaba.

Mis pensamientos inmediatos me hacen darme cuenta que cada vez que veo a una viejita en la calle, me acuerdo de ti, te imagino en la calle buscando algo en el mercado o caminando hasta Chacaíto como loca tu sola a cobrar la pensión italiana o cualquier otra cosa de esas que te inventabas para mantenerte activa. Imagino y hasta rabia me da porque tu perfectamente podrías estar viva y continuar activa.

Termino de cruzar la calle, subo escaleras hacia el hall de ascensores, me paro en medio de no menos 20 personas y una imagen que quiero borrar me invade en señal multicolor y tan real como se ven las cosas en las TVs LED y HD, esas arrechísimas que venden ahora.

Tu sentada en tu cama, luchando por respirar, con la piel azul, pegada a la piel, con mirada perdida y vidriosa, tus hijos y yo acompañándote, hablándote, tocándote como tratando de que hicieras contacto con este mundo. Segundos pasan entre cada bocanada de aire, con el alma en vilo -las nuestras- esperando la próxima bocanada de aire, hasta que la próxima nunca llegó.  

El grandísimo coño de la madre.

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