23 de octubre

Ya son 10 los que cumples mi amado niño. Cada cumpleaños que pasa celebro tu nacimiento, tu vida y el día cuando por fin un tribunal legalizó lo que Dios tenía escrito para nosotros.

Celebro tus sonrisas, tu manos gorditas, tus ojos achinados, tus brazos fuertes, tu corazón inmenso, tu cerebro rápido, tu energía incansable, tu maravilloso sentido del humor, tu capacidad de reflexionar como un adulto,  tu confianza en mi, tu sentido de justicia, tus ganas de probar y conocer cosas nuevas, tu paciencia cuando más la necesito, tu sentido de independencia, la forma en que brillan tus ojos cuando logras alguna meta o das lo mejor de ti, tu mirada profunda, tus deseos inmensos de ayudar, tu entusiasmo por la vida, tu sinceridad, tu capacidad de admitir cuando te equivocas, tu capacidad de liderazgo, tu sentido de pertenencia a esta familia de locos a la que Dios te envió, tu forma de ser sociable y atreverte a tanto, tu capacidad de anteponerte a las dificultades y tu decisión de amarme con todas mis imperfecciones.

También celebro tu terquedad, tus pie feísimos, tu cabello rebelde, tu llanto manipulador, tu impaciencia ante las pequeñas cosas, los retos que cada día me pones por delante, tu poco entusiasmo por la lectura,  las preguntas sobre tus orígenes que preferiría no tener que contestar, la forma que escoges para hacerle sentir a todos los que te aman que a nadie amarás como a mi, tu mecha corta, tu pre-adolescencia en plena ebullición, tu imposibilidad de aceptar de buena forma que no siempre tienes la última palabra, tu terquedad, tu piel fastidiosísima que ha tenido más pepitas que ninguna, tu sentido de independencia (si está aquí también) y tu necesidad de argumentar todo.

Celebro TODO, absolutamente todo lo que eres, haces, dices y piensas porque te celebro como ser humano con tus virtudes y tus defectos, con tus logros y con tus tareas pendientes, porque llegué a tu vida a quererte como las mamás debemos querer, sin condiciones y hasta ciegamente. Vine a acompañarte en el camino maravilloso pero retador de vivir, vine a demostrarte que aunque ella no “quiso quedarse contigo ni un día más después que naciste”, yo estoy y estaré contigo siempre, de cuerpo, mente y corazón.

Feliz cumpleaños mi niño, gracias por ser el mayor y más inmerecido regalo de mi vida.

Elogio de la Mujer Brava

Una muy querida amiga me envió este escrito de Héctor Abad Faciolince en donde elogia a Mujeres Bravas. Yo con toda honra me considero una mujer brava y en honor a mi y a todas las mujeres bravas que conozco y están a mi alrededor es que decidí postearlo aquí.

“Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. 
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden. La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran “no más usted me avisa y yo le abro las piernas”, siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias). A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos. Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo. Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso. Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento. 
Vamos hombres, por esas mujeres bravas!!!!!!!!!!!!!”