No todas las palabras bonitas son verdad, ni todas las verdades son palabras bonitas

Cada vez que alguien me pregunta qué asuntos tiene que sanar un niño adoptado, o me afirma que el amor borra todo y que el abandono no deja huellas, o me asegura que un niño adoptado —hoy amado y lleno de bendiciones— es y siente igual que un hijo biológico, no sé si reírme, insultar, gritar o ignorar.

Hoy decidí explicar a esas personas, no que están equivocados porque eso no es realmente importante,  sino que por más que yo quisiera darles la razón, los hechos de estos últimos 6 maravillosos años de ser madre de JG, gritan todo lo contrario.

El abandono de una madre biológica, la separación violenta de ese olor, vientre, voz y calor que experimenta un bebé recién nacido, la sensación de llorar sin que lo atiendan o que no lo hagan tan rápido como lo hace cualquier madre biológica con su hijo recién nacido, de llegar a un sitio de voces, manos, olores, formas y sonidos desconocidos, la atención demasiado compartida con otros niños en las mismas condiciones, el estímulo no constante, el afecto cambiante y atípico, la ausencia de abrazos y caricias frecuentes, de elogios y bendiciones habituales, hace que un niño abandonado se sienta rechazado, no querido, no deseado, no merecedor de nada bonito, con una profunda soledad que le genera un miedo terror imposible de describir. Hace que se creen corazas para protegerse, que manifiesten su miedo con agresión y con rabia y los convierte en un manojo de ansiedades, inseguridades y desconfianzas.

Todas esas emociones, sensaciones, recuerdos y experiencias quedan grabadas en su memoria emocional; el trabajo que nos toca hacer a quienes decidimos acoger a esos pequeños en nuestra vida, familia y corazón es arduo, de hormiguita y por qué no, muchas veces frustrante. No se trata de soplar y hacer botellas, porque esa memoria emocional no se borra o sana con el solo amor incondicional de una familia adoptiva, ni con abrazos, besos, caricias y demostraciones constantes del valor de esa personita con heridas tan grandes. No se supera con una que otra sesión de terapia. Se supera con una constancia casi militar en todo lo anterior, con muchas sesiones de terapia con médicos y en casa, con sesiones de desahogo y luego de muchas pruebas a todos los afectos importantes. Se supera con un “darse cuenta” que no llega tan rápido y que cuando llega es muy doloroso y necesita atención.

El dolor no es solo para el niño que no logra articular de forma ordenada cuando le explica a su madre adoptiva, cómo le duele que su madre biológica lo haya abandonado y que ella tenía que quedarse con él a pesar de la pobreza o indigencia, incluso si eso significaba morir juntos (y le cuesta horrores hacerlo por temor a herirla a ella, la que sí lo ha recibido en su vida como el mayor y más inmerecido regalo de Dios). El dolor de la mamá adoptiva es también fuerte porque ella quisiera tener una especie de magia para poder resetear el disco duro que contiene esa memoria emocional, para evitarle a ese pequeño luchador todos esos sufrimientos. Lo que ella siente se parece a una señora tristeza vestida de impotencia, que se mete en lo más recóndito del ser.

Este breve resumen trata de responder esas preguntas a que me refería, esto es el prólogo de lo que un niño y una familia adoptiva tienen que sanar.  La buena noticia es que, aunque difícil y lento, se logra hacer porque Dios puso en este mundo a personas maravillosas que nos acompañan, a todos los involucrados, en el proceso de la sanación.

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