Cae la coraza

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Quizás sea la luna llena que me tiene un proceso de introspección, o la situación del país en donde vivo, o los muertos y heridos acumulados, o el susto del sábado en la Danubio, o quién sabe qué, pero tengo el alma en un hilo, siento que la coraza que me protege en momentos de crisis se está desmoronando.

Y no le tengo miedo a mis sentimientos, a mi tristeza, a mi humanidad, sé que lo necesito en momentos como este es darme cuenta de cómo van cayendo esos pedazos de la coraza uno a uno y no tratar de pegarlos ni recogerlos sino dejarlos caer hasta encontrarme con la crudeza de mis emociones, para aceptarlas, vivirlas, llorarlas, gritarlas y honrarlas.

Lo que me preocupa o me da miedo es que ese proceso usualmente me exige un espacio y un tiempo adecuado y en estos días de trabajos inflexibles, de emociones a flor de piel y de un país que pide a gritos atención es difícil encontrar ese espacio.

Es que además las emociones me invaden cuando y donde menos me lo espero, las ganas de llorar se convierten rápidamente en lágrimas que más que drenar, intentan borrar toda la crueldad, injusticia y el miedo que mis ojos han presenciado recientemente.

Siento que la mismísima piel se vuelve más frágil, más delgada y lo que separa mi esencia, mi alma, de todo lo que me rodea es cada vez más débil. Es que se me hace imposible mantenerme separada del entorno, me fundo con el todo que me rodea, incluso con la desesperación, el desasosiego y la desesperanza. 

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